LA DEMOCRACIA PLURALISTA

 

Ricardo del Barco*

 

La democracia es el gobierno del pueblo Esto significa que el mismo elige sus gobernantes. Y esto es correcto, porque, el termino democracia significa un sistema de reglas acerca de la elección de los gobernantes por parte del demos. Esto es parte de la democracia, pero no es “la democracia”. Pues existen otras dimensiones que son constitutivas de la misma y cuya omisión genera graves consecuencias. Me refiero a la relación entre el demos y los gobernantes, la significación del principio mayoritario, el rol de la minoría, la significaciones del pluralismo, el respeto de los derechos humanos y el conjunto de creencia básicas compartidas.

 

Frente a la primera cuestión,

Maritain, con toda precisión indica que los gobernantes son vicarios de la multitud y si bien es cierto que entre gobernantes y gobernados siempre hay una distancia y así recuerda la sentencia de Anaximandro “sepárate para mandar”, esta separación es existencial no esencial pues el gobernante es un vicario del pueblo y ante el cual debe rendir cuentas y esto es un aspecto central que se proyecta sobre todo el edificio democrático. Los gobernantes en tanto en cuanto son los vicarios del pueblo, no pueden actuar como dueños del poder, cuya titularidad inmediata reside en el pueblo. Por tanto deben comportarse como el administrador fiel, eficaz y prudente de lo que le ha sido confiado. Nuestro autor ha dicho entre otras muchas páginas, como en el estado democrático o se cumple esta concepción vicarial del poder y así nos dice. “Quisiera hacer algunas observaciones relativas a los dos casos típicos diferentes: el del estado democrático, donde la libertad, la ley y la dignidad humana son los dogmas fundamentales y la racionalización de la vida política se persigue dentro de la perspectiva de las normas y los valores morales, y el del estado totalitario, en donde sólo se toman en consideración el poder y una determinada tarea a cumplir por el todo, y en el que la racionalización de la vida política se persigue dentro de la perspectiva de los valores y normas meramente artísticos o técnicos.

Consideremos primero el caso del estado democrático. En él, la fiscalización del estado por parte del pueblo, incluso aunque el estado trate de eludirla, se halla inscrita en los principios y armazón constitucional del cuerpo político. El pueblo dispone de medios regulares, estatuidos por la ley, para ejercer su vigilancia. Elige periódicamente a sus representantes y, directa o indirectamente, a sus funcionarios administrativos. No solamente el pueblo destituirá a éstos de sus cargos en los comicios siguientes a su elección, si desaprueba su gestión, sino que a través de las asambleas de sus representantes fiscaliza, supervisa y presiona a su gobierno durante el tiempo en que éste ejerce el poder.”[1]

En segundo lugar, me refiero al lugar y significación del principio mayoritario: Este es una de las reglas más frecuentemente utilizadas para decidir y esta es la primera significación La segunda significación es la concepción de expresión de la soberanía popular, que a su vez es infalible. Esta mayoría que decide no es infalible como lo señalara Rousseau, quien introdujo un principio letal para la democracia. La infalibilidad de cuño Rousoniano, está en la base de las mayores tragedias de las democracias contemporáneas. Porque si la mayoría no se equivoca, significa que la minoría está en el error, y carece de sentido su rol. Si por el contrario se acepta la regla mayoritaria como principio de decisión que puede legítimamente imprimir al cuerpo político una orientación determinada - pero esa decisión fruto de la mayoría -, puede ser cambiada, cuando varíe la mayoría y esta `pase a ser minoría. En una autentica democracia, mayorías y minorías son siempre circunstanciales. La mayoría de hoy es potencialmente la minoría del mañana, y la minoría de hoy es potencialmente la mayoría de mañana. También debe aclararse que el principio mayoritario no se aplica a todas las cuestiones. Hay un núcleo básico que no puede ser decidido por mayoría o minoría. Es este núcleo lo que constituye la base común sobre la cual se edifica la vida democrática y sobre la que reposan todas las diferencias que ostentan las personas y los grupos. Este núcleo está constituido por la dignidad fundamental de la persona y sus derechos, comenzando por la inviolabilidad de la vida. Utilizando un claro ejemplo, digo, que por más que hubiere una decisión franca y claramente mayoritaria que sostuviere la desigualdad de la mujer o de las personas de color o de los minusválidos o de los indigentes. Esa decisión sería antidemocrática, porque aunque surgiere de una votación mayoritaria, vulnera el núcleo básico sobre el cual reposa el sistema mismo. En tercer lugar y analizando el rol de la minoría señalo un acierto y un error; es acertado el criterio de que sin el respeto a las minorías no hay democracia, pero es un desacierto la ponderación exacerbada de los roles minoritarios que llevan a la sociedad y al estado a constituirse sobre un acuerdo inestable e ineficaz de parcialidades con grave riesgo de la gobernabilidad del sistema y del debilitamiento del ejercicio de la autoridad como garante y promotora del bien común. En cuarto lugar, me refiero al tema del pluralismo, entendido éste como ausencia de una versión de la sociedad dogmáticamente definida por un grupo o por una persona e impuesta coercitivamente desde el vértice superior del estado. Significa también el pluralismo, la existencia de una diversidad de grupos y de sociedades intermedias, estilos de vida distintos, tradiciones diversas que imposibilitan la unanimidad y la uniformidad. Pero este pluralismo de personas, de intereses y de formas de estructuración social no significa una reivindicación sin más del relativismo, ni exime a la sociedad de encontrar elementos de unidad con respeto a la diversidad.

 

Como tengo dicho, la democracia supone un de núcleo fundamental sobre el cual reposa la convivencia, la fe cívica al decir de Maritain. En la sociedad de tiempos que ya no existen, existía una unidad de creencias, por ejemplo durante la cristiandad medieval. Todos pertenecían a esa fe común, desde el príncipe hasta el más humilde servidor. Pero en la sociedad moderna asistimos a una realidad plural, pluralidad que se caracteriza por creencias distintas, estilos de vida distintos etc, frente a esa realidad caracterizada por la fragmentación se plantea la necesidad algunos elementos unitivos. Maritain la denomina la fe secular, nuestro autor al preguntarse sobre: “¿Cual será el contenido de la carta moral, el código de la moralidad social y política a que me estoy refiriendo, y cuya validez está implícita en el cuerpo fundamentad de una sociedad de hombres libres? Tal carta se referiría, por ejemplo, a los puntos siguientes; derechos y libertades de la persona humana; derechos y libertades política: derechos y libertades sociales y sus correspondientes responsabilidades, derechos y deberes de las personas que forman parte de una sociedad familiar y libertades y obligaciones de esta con respecto al cuerpo político, derechos y deberes mutuos entre los grupos y el estado; gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, funciones de la autoridad en una democracia política y social, obligaciones morales – que obligan en conciencia – con respecto a las leyes justas, así como a la Constitución que garantiza las libertades del pueblo, exclusión de la posibilidad de recurrir a los golpes de estado en una sociedad que es realmente libre y que se halla regida por leyes cuyo cambio y evolución dependen de la mayoría popular, igualdad humana, justicia entre las personas y el cuerpo político, justicia entre el cuerpo político y las personas; amistad cívica e ideal de fraternidad, libertad religiosa, tolerancia reciproca y mutuo respeto entre las diversas comunidades espirituales y escuelas de pensamiento; convicción cívica y amor a la patria; reverencia hacia su historia y herencia, comprensión para las diversas tradiciones que se amalgamaron al crear su unidad; obligaciones de cada persona respecto del bien común del cuerpo político y deberes de cada nación hacia el bien general de la sociedad civilizada, así como la necesidad de adquirir conciencia de la unidad del mundo y de la existencia real de una comunidad de pueblos sobre el planeta.”[2]

 

El gobierno del pueblo, que en definitiva constituye uno de los núcleos democráticos, no excluye la necesidad las dirigencias responsables a las que me permito denominar como liderazgos ejemplares. Con otro lenguaje, Maritain hizo referencia a esta cuestión al hablar de la necesidad de las elites inspiradoras, oigamos lo que plantea con respecto a las mismas: “la élite inspiradora que el pueblo necesita debe vivir siempre en comunión con ese pueblo que da infatigablemente su trabajo y su sangre. Ahora, de grado o por fuerza, será necesario que de acuerdo con un postulado esencial del pensamiento democrático, las nuevas élites salgan de las profundidades de las naciones; estarán compuestas de élites obreras y campesinas, junto con los elementos de las clases dirigentes otrora, que estén decididas a trabajar con el pueblo. El problema esencial de la reconstrucción no es un problema de planes, sino de hombres; el problema de las nuevas élites directrices del mundo. No se calificarán pretendiendo reclutarse a las mismas. ¡Ojalá sean designadas por el heroísmo y la devoción!“[3]

 

Estos liderazgos ejemplares suponen personas que son capaces de señalar objetivos necesarios y posibles para una sociedad aún, y fundamentalmente en los momentos de mayor adversidad eludiendo el facilismo del atajo demagógico. Tiene esta figura estrecha relación con la concepción de los gobernantes como vicarios de la multitud a los que he caracterizado como administradores fieles y prudentes. Pero utilizo la expresión intencionadamente en plural. Digo liderazgos, y no liderazgo en singular, porque no me refiero solamente a aquellas figuras de notable envergadura, o de rasgos casi providenciales que desempeñan la primera magistratura del estado, sino aquellas personas que en variados grupos son capaces de realizar esta función que no excluye ni reemplaza las responsabilidades personales sino que las estimula, las promueve, las coordina, en torno a objetivos comunes éticos.

Me refiero ahora al rol del ciudadano en la democracia. Se ha dicho con razón que no hay democracias sin demócratas; y agrego, aún con la existencia de liderazgos genuinamente democráticos, sin una ciudadanía dispuesta a manifestarse como tal, la democracia es casi imposible. En la sensibilidad contemporánea en la que existe un fuerte sentido de disgusto frente a la autoridad y a las distintas formas institucionales, suele a veces confundirse ciudadanía con una militancia exasperada y exasperante que se hace notar en el ejercicio de su reclamos. Esta actitud es vista como la contracara de aquel anónimo ciudadano que solo emite el sufragio de tanto en tanto y luego se refugia en lo privado. Ciudadanía es ejercicio del sufragio, ciudadanía es crítica y reclamo, ciudadanía es disconformidad; pero todo ello solo en la medida en la que se aporte imaginación, esfuerzo y compromiso, reclamándose y no solo reclamando coherencia entre lo que se dice creer y lo que efectivamente se vive. Una sociedad democrática no surge por generación espontánea, no es tampoco obra exclusiva del constituyente o del legislador. Es fruto de un trabajo laborioso de civilización política que condene la intolerancia, promueva el dialogo, ejercite derechos cumpliendo con los consiguientes deberes, y construyendo en definitivo un estilo de vida que evite la anarquía y el despotismo. Maritain escribió páginas inolvidables en un momento crucial de la civilización humana en el cual la dignidad y la vida de millones de hombres habían sido pisoteados por los totalitarismos. Y es por ello que en medio de la guerra sostenía la necesidad de ganar la paz, de educar para la vida y para la libertad, y de construir laboriosamente un mundo distinto. Entre otras muchas cosas, sobre este punto dijo: “La conclusión es obvia. La meta a que aspira el estado y el sistema educativo es la unidad: unidad en la adhesión común a la carta democrática. Pero para lograr esa unidad práctica debe obtenerse un pluralismo saludable en los medios; las diferenciaciones internas deben concordar con la estructura del sistema educativo, de manera que proporcione una enseñanza eficaz de la carta democrática. Por una parte, el estado – o los grupos y organismos encargados de la educación en el cuerpo político, o las autoridades que dirigen el sistema educativo – deberían procurar que se enseñara la carta democrática – y enseñada de una manera comprensiva, vitalmente convincente y de largo alcance – en todas las escuelas e instituciones educacionales. Por otra parte, y para estimular la fe democrática en el espíritu popular, el sistema educativo debería admitir en su propio seno normas pluralistas que permitan a los maestros dedicar todas sus convicciones y su inspiración personal en la enseñanza de la carta democrática.”[4] Los comienzos del siglo XXI nos muestran un escenario distinto en el que se desempeño nuestro filósofo pero más allá de las diferencias nos encontramos con notables semejanzas. En aquel escenario la democracia era uno de los bandos en lucha, y tenía a su frente sistemas políticos franca y decididamente antidemocráticos. En el mundo de posguerra fría vemos una democracia que se exhibe a nivel mundial como un sistema político sin rivales; no obstante se presentan similares riesgos. El primero es la de vaciarla de contenido humano, convirtiéndola en un juego cuyas reglas permiten la búsqueda del poder, las riquezas y los privilegios a minorías de lenguaje democrático y de comportamiento oligárquico. El segundo riesgo es hacer de la democracia una suerte de sociedad anónima que reparte beneficios de manera despersonalizada. El tercer riesgo es el de hacer de la democracia un sistema que, desconociendo la riqueza de otras culturas, trate de imponer una visión utilitarista - mercantilista en nombre de una supuesta superioridad cultural. Pero tal vez el mayor de los riesgo de la democracia contemporánea cuya expansión geográfica se ha manifestado como nunca en la historia humana, sea el de sucumbir a lo que denomino el “totalitarismo tecnológico, eficientista e inhumano”. Esta nueva amenaza no reviste un ropaje ideológico, o se presenta con un partido vanguardista que confisca los derechos del pueblo, sino como una extraña mezcla de una tecnología que, queriendo ser eficaz, despersonaliza sujetando toda la vida social y política a una pretendida eficiencia tecno-burocrática que puede tal vez repartir algunos beneficios pero que nunca estará al servicio de la persona. Esta amenaza tecno-burocrática incluye, y advertimos muchos pavorosos anticipos, una manipulación del derecho a la vida en sus diversas formas. La vigilancia que exigía Maritain en aquel mundo de mediados de siglo XX para la construcción de un mundo democrático es necesaria hoy con igual fuerza.

Para concluir me tomo la licencia de utilizar la magnifica síntesis agustiniana de unidad, libertad y caridad, y aplicarlo a la democracia pluralista. Digo que debe haber un mínimo común para el cual se reclama la unidad, es los que Maritain llama el credo cívico común. En la sociedad sacral, me refiero a la cristiandad medieval, existía una visión única de la sociedad que impregnaba la totalidad de las relaciones sociales, la fe cristiana, era el común denominador. A partir de la modernidad esa unidad de creencias desaparece y cada vez mas las sociedades contemporáneas se caracterizan por un pluralismo de creencias, de grupos, de estilos de vida, de tradiciones culturales. La presencia de la fragmentación es lo más característico de las sociedades contemporáneas en las cuales se torna difícil encontrar elementos comunes. En este contexto es importante encontrar algunos aspectos que tiendan a ser comunes a una sociedad diversa. Señala con acierto nuestro autor la necesidad de un credo cívico común, que sin perjuicio del respeto a las particularidades de las personas y de los grupos, sirvan de amalgama al tejido social. En el resto de las cuestiones debe haber libertad .Y vaya que es difícil admitir la pluralidad de opiniones y estilos de vida que caracterizan a las sociedades contemporáneas en todo fraternidad. Maritain utilizo con frecuencia un nombre para esta fraternidad política, que es el de amistad cívica, contracara de la visión del otro cono enemigo real o potencial. Por ello vuelvo a Agustín para decir que la democracia pluralista supone, unidad en el credo cívico común, libertad en lo que es opinable y en todo fraterna concordia cívica.

 

* Profesor de las Universidades Nacional de Córdoba, Católica de Córdoba, Católica de Santiago del Estero y Director del Doctorado en Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Nacional de la Rioja.

 

[1] Maritain,Jacques, El hombre y el estado, p. 80. Ed., Kraft.

 

[2] Maritain Jacques, Ob.cit., p. 130.

 

[3] Maritain Jacques, Cristianismo y Democracia, p. 88, Ed. Dedalo

 

[4] Maritain Jacques, El Hombre y el Estado, ob.cit., p. 143.

 

 

 

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