Jacques Maritain

Jacques Maritain fue uno de los más grandes pensadores del siglo XX. Fue un hombre de profunda pasión religiosa, filosófica y cívica, así como un testigo activo y participante en los acontecimientos de su tiempo.

Morir de exilio

  

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UVA DE ARAGÓN. Morir de exilioEdiciones Universal, Miami, 2006. Colección de artículos publicados entre 1961 hasta 2006. Uva de Aragón es Vicedirectora del Instituto de Estudios Cubanos de la Universidad Internacional de la Florida, y Vicepresidenta del Instituto Jacques Maritain de Cuba.

¿Acaso se puede morir de exilio? El nombre del libro de Uva de Aragón, publicado por Ediciones Universal, puede parecer a algunos una licencia literaria, una suerte de imagen construida, especialmente si el lector se sitúa en la Isla, o si forma parte de quienes consideran  la muerte como una realidad puramente biológica, o que para sentirse vivos basta con un poco de alimento, salud y algo de ropa.

No obstante, en la medida que avanzan los años, en la vida del espíritu, percibimos que muchas cosas en verdad parecen adelantar la muerte. Son realidades que, cuando nos golpean, quiebran algo en nuestra alma, sentimos que a partir de ese evento, nada será igual en nosotros. Se rompe alguna fibra íntima, un afecto, una cierta ingenuidad. El dolor intenso sólo puede ser expresado como la muerte que se anuncia, roza, o hasta parece instalarse a largo plazo, o para siempre, en un rincón del alma, en una de nuestras pequeñas moradas, que ella misma escoge a su gusto, sin tan siquiera ser invitada.

Para los cubanos que vivimos en Cuba, nos resulta difícil comprender que alguien pueda morir de exilio. Pero ser desgajados de la Patria, para los que se marcharon, ha sido una muerte lenta, que les ha convertido en seres similares, si me perdonan la comparación, a los espíritus que algunos creen que no han abandonado la tierra, por no haber logrado su paz, y quedan en una especie de limbo, principalmente para quienes viven tan cerca, a escasas 90 millas, que creen poder alcanzar las costas de Cuba con los ojos, o sentir sus olores, tan solo con aguzar un poco los sentidos. Esta realidad la experimentaron hondamente el padre Varela, Heredia y Martí, cuando Cuba aún pertenecía a España. Así lo han sufrido muchos otros. En todo cuanto hicieron y hacen esos seres proscritos que padecen la maldición del exilio en sus vidas, hay siempre una huella, más o menos evidente, que deja la nostalgia, la ausencia forzada, y también el deseo del regreso. Eso es amar a Cuba.

Por el libro de Uva transitan hombres y mujeres que no conocimos, o que su obra nos resulta en gran medida ignorada a varias generaciones de cubanos. Sus existencias se desplegaron desde un hambre de ser y de afirmarse en una tierra que nunca sentirían como suya completamente. Y nuestra patria ha sido grande en la obra de ellos, desde la música sabrosa de Celia Cruz, los estudios históricos de Leví Marrero, el dolor intenso de Reinaldo Arenas, el compromiso social en la Liga contra el Cáncer de Lourdes Águila, la actividad académica de Eugenio Florit, la poesía de Pura del Prado cuando ruega “Aquí no”, en un clamor para que no dejen abandonados sus huesos en tierra ajena y ser enterrada en Cuba

Nuestra nación necesita sanar. Pero sanar requiere también el reconocimiento y la valoración de esos espíritus atrapados en el limbo que son los exiliados. Ciertamente, en el exilio ha habido de todo. ¿Pero cuándo en la historia de nuestra patria no lo ha habido?  No estamos libres de culpa,  de responsabilidad ni de pecados por el único  hecho de permanecer aquí, de habernos quedado. Como afirma Antoine de Saint-Exupéry, nadie tiene el monopolio de la pureza de las intenciones.  Todos necesitamos una cuota de perdón. Una mentira no ha sido menos mentira sólo  porque la hemos dicho en el patio, entre nosotros. Una verdad no es menos verdadera por ser pronunciada allende los mares, o por alguien de quien disentimos, y muy especialmente si los raseros y los criterios de juicios están muchas veces embebidos en discursos ideológicos que les restan objetividad. El bien o el mal no están enmarcados de manera exclusiva a los contextos geográficos, históricos o políticos. Son realidades de la condición humana. La virtud debe ser reconocida siempre, y Uva nos invita a descubrirla en las vidas y obras de los hombres y mujeres que desfilan por las páginas de su libro, que caminaron a la muerte, con una gran parte del corazón aún clavado bajo una palma real, bajo el sol abrasador de nuestros campos, o en los pintorescos recovecos de la Habana Vieja.

Uva habla de todos ellos con la bondad que nace de comprender a profundidad que cada ser humano que conocemos, va a morir en algún momento. Esta certeza estremecedora y dolorosa se afirma en la medida que avanza nuestra existencia y confiere a la autora un acercamiento profundamente humano, lo cual le permite ser delicada hasta con quienes tuvo algún desacuerdo.

Hay palabras y temas que repite Uva una y otra vez (desamparo, orfandad, sentido de responsabilidad ante la continuidad de la obra desarrollada), cosa comprensible en un libro escrito en varias etapas de su vida, y que en principio tan siquiera tenía la intención de serlo. De manera especial, las reiteraciones son consecuencia de  sentimientos que brotan por igual en los que aún viven,  ante la pérdida de todos estos cubanos y cubanas quienes se habían convertido en asideros y apoyos, en nudos de una red inmensa y viva, que orienta y también mantiene enérgico el vínculo con Cuba desde el exilio. Al dejar alguno de vivir, se estremecen los demás porque no sólo deja de estar el amigo, el escritor, la activista cívica, sino que se conmueve y estremece el lazo con una realidad vital que afecta la subjetividad en la diáspora, donde los exiliados no sólo intentan rehacer sus vidas y conservar pasivamente y como a la defensiva su identidad, sino gozar una existencia fértil, expandir toda la riqueza y profundidad de una cultura y cubanía que se niega al límite geográfico e ideológico.

Sólo me atrevo a tener un desacuerdo con la escritora, y es en uno de los capítulos del libro, donde reflexiona sobre la muerte y le confiere a ésta la palabra última. No creo que sea así. De hecho, el libro mismo demuestra que es la vida quien tiene la última palabra, que la vida se impone sobre el triunfo aparente y temporal de la muerte. Los cubanos de quienes nos habla Uva, aún después de muertos, dialogan con nosotros, con nuestras circunstancias, nos desafían, increpan y empujan desde una vitalidad creadora que no pudo ser contenida por la lápida, y en su desborde se resiste a ser negada u olvidada con facilidad, sin causar un grave daño a nuestra patria. Si la muerte tuviera la palabra última, no tendríamos esperanza. La fe que compartimos en Jesucristo es un canto de vida y de esperanza, como personas, pero también como nación. Los que han muerto de exilio resucitan siempre para Cuba.

 

Jorge Adalberto Nuñez Hernández – Pinar del Río - Cuba>


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