Jacques Maritain

Jacques Maritain fue uno de los más grandes pensadores del siglo XX. Fue un hombre de profunda pasión religiosa, filosófica y cívica, así como un testigo activo y participante en los acontecimientos de su tiempo.

PARTICIPACIÓN DEL DR. CLAUDIO MARTÍN VIALE EN LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO “PERSONA HUMANA Y BIEN COMÚN

(Feria del libro, Sociedad Rural Argentina,  30/4/12.)

 En la medida que la reseña introductoria del Profesor Gonzalo Fernández señala con sencillez y acierto, no solamente el contenido en general del libro, sino el abordaje que del tema que nos enuncia el título realizan los autores desde distintas ópticas, mi presentación se limitará a un intento por aportar algunas ideas, que sin superponerse  a las del prologuista, se sumen a la introducción.

 El Instituto Jacques Maritain, filial Córdoba, se ha propuesto, entre otros objetivos, sostener la vigencia del pensamiento del filósofo francés, proyectándolo adecuadamente a este siglo XXI que se encuentra en curso, con un vigor que se destaca por circunstancias novedosas e innovadoras.

 El cambio que dichas circunstancias encierran, puede aparecer como un obstáculo a la tarea propuesta, si se tiene en cuenta la distancia de las reflexiones maritainianas, tanto en el tiempo como en el espacio. Pero no conforman una dificultad o valla insalvable, sino más bien, un acicate que sirve de incentivo para lograr el objetivo propuesto.

 Algunos acontecimientos permiten llegar a esta conclusión relativa; entre otros es posible advertir que, en las postrimerías del siglo pasado, desde distintas posiciones se escucharon discursos escatológicos que aludían, no solo a la conclusión del siglo en términos calendarios, sino a la finalización del proceso cultural contemporáneo. Los anuncios vocearon el fin de la historia, el fin de la modernidad, el enfrentamiento de las civilizaciones, el relanzamiento de la modernidad, el juicio a la razón autoritaria del racionalismo, etc. En esta literatura se hace mucho hincapié, en el relativismo de las categorías desarrolladas a lo largo de más de veinte siglos, (sociales, políticas, morales, jurídicas, económicas, históricas, etc.) cuando no su negación y condena.

 En el lugar de ellas se propone la noción de un pensamiento débil, de una realidad líquida, de una fragmentación social, o, en el mejor de los casos, de neos y post ismos (neoliberalismo, posmarxismo, neopositivismo, pos estructuralismo, etc.)

 Las tragedias de los totalitarismos de mediados del siglo XX, con sus secuelas horrorosas de muerte, persecución y exterminio plasmadas en las dos guerras mundiales, los campos de concentración nazis y los gulags de Stalin, provocaron una desazón con relación al racionalismo iluminista que desemboca en el pesimismo que llega en los comienzos de la segunda mitad del siglo pasado, de la mano de pensadores con gran predicamento como Sartre, Camus, y otros.

 Pero junto a ese existencialismo con buena difusión, se afianza el existencialismo que ve en la dimensión ‘persona’  del  ser humano una cosmovisión que supera la de mero individuo. Se trata de una corriente de pensamiento optimista y sólido.

 Dicha cosmovisión se ofrece como una plataforma sustentable para comprender la existencia del hombre, diferente a la individualista y colectivista, en sus distintas variantes.

 La propuesta entiende que el hombre, como individuo es parte de la sociedad, pero como persona conforma una totalidad que integra el bien personal con el bien de todos. Esto es el Bien Común que  supera la idea de un solo interés colectivo, o de un interés general igual a la sumatoria de intereses individuales, siendo, en ambas opciones, los resultados del conflicto, de la lucha de clases o del enfrentamiento amigo - enemigo.

 Sin negar al hombre como parte de la naturaleza, lo ordena como persona para su existencia en el ámbito que lo rodea, y a la vez lo ordena a un bien común trascendente con el que consigue un punto de referencia para la bondad o la perfección que no depende de la puja o el conflicto, sino de la comunicación, de la participación, con la que se construye una solidaridad sustancial y no meramente formal provocada  por el juego de sumatorias democráticas o populistas.

 La idea tiene como punto de partida la libertad, entendida  no sólo como procedimiento de elección individual, sino como sendero de creación y búsqueda de la independencia o autonomía personal.

  Este personalismo encuentra en J. Maritain una de sus mejores expresiones, que se haya plasmada en su gran producción intelectual, que abarca la filosofía especulativa y la práctica (el arte, la poesía, la ciencias, la política, etc.), y también en su participación en dos grandes hitos que marcan la segunda mitad del siglo XX, que han  servido de cimiento y para proyectar un pensamiento sólido en este Siglo novedoso e innovador, ellos son: la participación en los trabajos que culminan en la redacción de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre de 1948, y el haber sido fuente de inspiración de las encíclicas Mater et Magistra y Pacem y Terris, y en las bases de la Constitución de la Iglesia en el Mundo Moderno, documento liminar del Concilio Vaticano II, en la medida que este, no abrió solamente las ventanas de la Iglesia, sino de la cultura y de la civilización universal.

 Las limpiezas étnicas, los nacionalismos xenófobos, las persecuciones religiosas de los fundamentalismos;  las mutilaciones de la miseria que deja el  capitalismo salvaje; el vaciamiento del ser por parte  del consumismo, la droga, y la trata de personas; el desprecio por la creación del ser humano como consecuencia de la manipulación tecnológica, configuran lacras que no se pueden enfrentar con las herramientas devaluadas del relativismo moral, liquido y caleidoscópico del  denominado post modernismo. Para ello es necesario que la reflexión intelectual, tanto especulativa como práctica, se asiente en los cimientos axiológicos y epistemológicos, que en Occidente se han ido refinando a lo largo de más de veinte siglos alrededor de un axioma: la dignidad del ser humano como persona, creado a imagen y semejanza de Dios.

Desde los griegos en adelante, se ausculta la necesidad que ha tenido el ser humano de ver en cada uno de los hombres un alter ego, tarea que solo es posible  dentro de una comunidad en la que cada uno es en sí, a partir de entender que el semejante también es. Se trata de una relación de amistad, amistad cívica, dirá Maritain, que hace factible la armonía en la elaboración de la urdimbre social.

 Es un enfoque que encierra una visión antropológica por la que se llega al núcleo de lo político a partir de convivir y del convenio, es decir de vivir con y venir con, y no desde la lucha y del acuerdo, es decir de la tracción del más fuerte sobre el más débil, posición ésta última que se da en el individualismo, según el cual libertad depende, en calidad y cantidad, de la medida de la derrota del otro, o desde el colectivismo que no considera a la libertad, resignada en favor de la autonomía del colectivo, que puede declinarse de la raza, de la economía, de la religión, etc.

 El libro que se presenta, es un aporte desde el que se sostiene que las categorías de la persona, el bien personal y el bien común, tan exquisitamente desarrolladas por el pensador francés, tienen plena vigencia por que se encuentran enraizados en la cultura y lenguaje populares, y también por que forman parte de la literatura jurídica y política. No obstante merecen ser objeto de permanente estudio, profundización y adecuación a las circunstancias.


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