Jacques Maritain

Jacques Maritain fue uno de los más grandes pensadores del siglo XX. Fue un hombre de profunda pasión religiosa, filosófica y cívica, así como un testigo activo y participante en los acontecimientos de su tiempo.

Pluralismo*, por Carlos Daniel Lasa**

 

El gran filósofo francés del siglo XX, Jacques Maritain, adscribe a la sociedad política, como la primera de sus notas características, el pluralismo[1]. Nuestro propósito, en el presente escrito, es precisar a qué tipo de pluralismo se refiere nuestro filósofo con el fin de evitar todo equívoco que pudiese conducir a adulterar su pensamiento auténtico.

Pluralismo de principio




El pluralismo de principio, al igual que el dogmatismo, oblitera el acto de pensar y condena al hombre a un pragmatismo del cual él mismo resulta ser la principal víctima. El pensar es el signo distintivo del ente inteligente finito que es el hombre. Pensar es el «acto de la mente humana que se da por y con la asunción de cualquier entidad por parte de la mente misma»[2]. La realidad es pensada cuando es convertida en objeto, ya no externo, sino real presencia objetiva. Al objetivar algo se plantea, aparece el problemaque exigirá una respuesta.

Así, entonces, el pensar genera una relación entre un sujeto y un objeto (a esta relación se la denomina conocimiento). Por esta asunción mental, el objeto pasa a estar unido al sujeto (unión intencional); y deviene otro sin perder su ser, tal como sucede con el sujeto cognoscente. Esta unión intencional sólo es posible por la abstracción. Abstracción, en un sentido lato, es el acto del intelecto que considera un elemento o un aspecto de una cosa sin tener en cuenta los otros datos o aspectos. Esta noción, sin embargo, también es reconocida por el empirismo. Pero, propiamente, la abstracción es el acto del intelecto que considera la naturaleza o esencia del objeto, y que la distingue de los caracteres que la individualizan. Es la operación propia de la inteligencia: es el modusconstitutivo del pensar. Sin ella no existiría el pensar ni el saber en ninguna de sus formas (no existiría, en consecuencia, la física, el derecho, el arte, la religión, etc., etc.).

Ahora bien, el pensar, como expresamos líneas atrás, es problemático. Pensar supone plantear interrogantes y, consecuentemente, saberse situado a distancia de las respuestas y tener conciencia de esta lejanía. Por eso el pensar humano es discursivo, dialéctico, y procede de la potencia al acto, de lo conocido a lo desconocido. Y dado que hay distancia entre la pregunta y la respuesta es posible el error (debido a la finitud de quien busca). Error es la respuesta que no responde, que no resuelve. Ahora bien, dado que toda respuesta correcta constituye para el hombre individual y para la humanidad un crecimiento histórico en cuanto adquisición de la verdad, todo aquello que oblitere el pensar impide el verdadero progreso de la humanidad, que es progreso en la verdad. La historia, como puede advertirse, no puede ser concebida como progreso unidireccional o como progreso necesario, dado que es posible toparse con el error en la búsqueda. El pensar es crítico, ni escéptico ni dogmático. El hombre, al ponerse problema, confía en sus poderes cognoscitivos para resolverlos. Aunque la verdad alcanzada sea parcial, humilde en la conciencia de sus límites, sin embargo es verdad, al fin de cuentas. Finalmente, el pensar es teológico o teísta. El ente pensante sabe de su ser, gracias a la diferencia entre la pregunta que se formula –en cuanto pensante– y el hecho de no poseer aún la respuesta. Ésta, la condición radical de finitud, nos pone en relación con la condición, lejanísima aunque para nosotros concebible, de un ente inteligente que no tiene necesidad de establecer preguntas porque posee, en sí y por sí, todas las respuestas por la naturaleza misma de su inteligencia.

Ahora bien, el pluralismo de principio genera escepticismo ya que sostiene que, frente al problema que surge por la capacidad abstractiva de la inteligencia humana, todas las respuestas valen lo mismo. En la respuesta, en efecto, subyace un marcado escepticismo dado que si todas las respuestas valen igual, ninguna vale en definitiva, porque ninguna responde al problema. Por lo tanto, no tiene sentido plantearse problemas porque la solución no puede encontrarse. Así, entonces, se declara el sin sentido del pensar y se renuncia al mismo. Y, dado que la verdad de las cosas resulta inaccesible para la inteligencia humana, entonces sólo debemos interesarnos por su utilidad. Así, entonces, en un mundo en el cual todo se valida en tanto y cuanto sea útil, la persona humana pierde su dignidad esencial, no siendo ya considerada como fin (Kant) sino como un medio más. Precisamente sobre este pluralismo «Hoy se tiende a afirmar que el agnosticismo y el relativismo escéptico son la filosofía y la actitud fundamental correspondientes a las formas políticas democráticas, y que cuantos están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza no son fiables desde el punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios políticos»[3]. Precisamente en este pluralismo de principio Sciacca desprende aquella realidad que llama politicismo, la cual supone «… la reducción de la validez de cada valor a su “funcionar” políticamente… Esto es aplicado a la filosofía y a la cultura, a la moral, a la religión, a la teología… cada cosa se desnaturaliza, pierde la verdad que le es propia, para confiarse al sólo juego de opiniones posibles o probables, oportunas o idóneas según las circunstancias y las situaciones, los intereses; pero esto no es un criterio de verdad, es sólo un método, desastroso para la misma praxis política en cuanto la priva de lo verdadero que le es propio y desciende, como toda otra cosa, de la primera verdad, el ser, del principio de todo saber»[4]. Ahora bien, continúa Sciacca: «… la verdad “no sirve”, como han enseñado Platón y Aristóteles, porque no está al servicio de nada y todo está a su servicio; pertenece al orden de los fines, mejor dicho de todo el fin, y no a aquel de los instrumentos»[5]. Y remata: «Su auténtica e imparangonable eficacia (se está refiriendo a la verdad) es su mismo ser verdad, su no poder ser instrumento sino fin de todo humano sentir, conocer y querer, su ser la dimensión ontológica del hombre que lo hace pensante e impide, haciéndole capaz de perfección interior para un destino no mundano, que puede ser él instrumento de cualquier cosa del mundo y de quien ser…»[6]. Y Jacques Maritain, en la misma sintonía sciacchiana, expresa: «Nada es más necesario al hombre que esta inutilidad. Tenemos necesidad, no de verdades que nos sirvan, sino de una verdad a la cual sirvamos. Pues ella es el alimento del espíritu; y la base de nuestra grandeza es el espíritu»[7]. Y en otro lugar sostiene: «una sociedad democrática que se alimenta del escepticismo universal, no sólo se condenaría a sí misma a morir por inanición, sino que entraría en un proceso de autoaniquilación, por el hecho mismo que ninguna sociedad democrática puede vivir sin una creencia práctica en aquellas verdades que se llaman libertad, justicia, ley…, y porque cualquier creencia inamoviblemente verdadera en estas cosas, así como cualquier otra verdad, repugnarían a la supuesta ley del escepticismo universal»[8].

Pluralismo ético




Preferiríamos evitar el término pluralismo por cuanto todo “ismo” indica la absolutización de lo que el término designa y, en consecuencia, la negación de otros aspectos de lo real, los cuales requieren de la dialectización con aquello que pretende erigirse en absoluto, o sea con el “ismo”. Todo «ismo» supone la afirmación de un momento de la inteligencia humana, cual es el momento analítico, en detrimento del acto por excelencia del espíritu, que es la síntesis. Así, entonces, todo «ismo» absolutiza la dimensión analítica de la inteligencia (propiamente, analitismo), obliterando el dinamismo propio de la misma que es esencialmente dialéctico e integrativo. En lugar de pluralismo preferiríamos hacer uso del vocablo “pluralidad”. La pluralidad hace referencia a la unidad, la cual le da sentido y la afirma como tal, ya que la pluralidad es un momento de la síntesis–unidad total. Por el contrario, el término pluralismo remite a una concepción de la realidad entendida en términos de pura diversidad (pluralismo de principio). Y esto conduce, consecuentemente, a la negación de la verdad tal como se ha visto en la primera parte de nuestro trabajo, lo cual se traduce en un feroz pragmatismo que sólo tiene ojos para lo útil –ojos con los cuales se mira también a la persona humana–. Resulta paradójico que el pluralismo de principio, pretendiendo asegurar la diversidad, termine negándola y estandarizando al hombre. Sucede que la diversidad sólo puede surgir del acto de pensar, acto, éste, que el pluralismo de principio declara sin sentido. Quien, por el contrario, destaca la importancia fundamental para la persona humana del acto de pensar, pone toda su energía en asegurar que dicho acto pueda ejercerse, lo cual supone el libre ejercicio, que garantiza, así, la pluralidad.

Precisamente, Maritain, fundado en esta doctrina, concibe una democracia a la que califica de «personalista». Expresa Maritain: «Son, pues, los derechos de la persona humana los que desde la base y a través de todo el sistema deben ser reconocidos y garantizados, de tal suerte que una democracia orgánica sería por esencia la ciudad de los derechos de la persona… Si la persona humana carece de derechos, no hay derecho en ninguna parte, –ni por consiguiente autoridad»[9]. Y prosigue diciendo: «Esta democracia orgánica no suprime, ni siquiera en principio, la autoridad ni el poder: quiere que ambos emanen del pueblo y se ejerzan en su nombre y con su apoyo. En su raíz está la idea de que el hombre no “nace libre” (independiente), pero debe conquistar la libertad, y que en la ciudad, totalidad jerárquica de personas, los hombres deben ser gobernados como personas, no como cosas, hacia un bien común verdaderamente humano que recaiga sobre las personas y cuyo valor principal es la libertad de desarrollo de éstas»[10]. Ahora bien, a los derechos de la persona humana (el derecho a la vida, a la integridad del cuerpo, a los medios necesarios de existencia; el derecho para el hombre de tender a su fin último en la vía señalada por Dios; el derecho de asociación; el derecho de poseer y de usar de la propiedad)[11], nuestro filósofo agrega el de un justo pluralismo. Para Maritain, el pluralismo «parece proporcionar el remedio más normal para las dificultades propias de toda democracia»[12]. Maritain, fundado en la naturaleza humana, piensa que en la sociedad política se debe asegurar el máximo de autodeterminación posible, aun cuando se corra el riesgo del error. La unidad del estado no puede abrogar la pluralidad de las personas, antes bien, asegurarla. Como podemos advertir, Maritain distingue claramente el pluralismo de principio –al que rechaza absolutamente por cuanto el mismo no asegura los derechos de la persona humana y la existencia de una auténtica democracia–, del pluralismo ético (haciendo las salvedades del término), el cual asegura el ejercicio autónomo de las facultades propiamente humanas –verdadera laicidad–.

 

Por una educación que eduque




Ahora bien, una sociedad, tal como la piensa Maritain, supone la existencia del diálogo, del pensar. Y este diálogo entre los hombres es fruto de un diálogo interior de cada alma con el ser como idea infinita que en ella reside. De allí que sea imprescindible para toda sociedad formar en el diálogoformar en el pensar. Y ello supone recuperar la pedagogía, volviéndola a su quicio. La pedagogía no está subordinada ni a la lógica del mercado, ni a la lógica de la revolución. La pedagogía se funda en las exigencias que dimanan de la mismísima naturaleza humana por cuanto ella tiene como finalidad alcanzar la plenitud de lo humano. De allí que se requiera erigir en el país grandes centros de formación de docentes que enseñen a pensar. Se necesitan nuevos Sócrates, nuevos Platones. Expresa Maritain: «Ahora debo mencionar un peligro particular, el que nacería de una educación que buscase, no hacer al hombre verdaderamente humano, sino hacer de él simplemente un órgano de una sociedad tecnocráctica… Mas la tecnocracia, es decir, la tecnología entendida y reverenciada de tal modo que excluya toda sabiduría superior y el interés por comprender cosas distintas de los fenómenos calculables, sólo deja en la vida humana las relaciones de fuerza, o a lo más, las del placer, y termina necesariamente en una filosofía de la dominación. Una sociedad tecnocrática no es otra cosa que una sociedad totalitaria»[13].

Una democracia que se ordene al desarrollo pleno de la persona humana tiene que tener en cuenta aquellas palabras del gran educador de Occidente, Sócrates, cuando expresaba: «Agradezco vuestras palabras y os estimo, atenienses, pero obedeceré al dios antes que a vosotros y, mientras tenga aliento y pueda, no cesaré de filosofar, de exhortaros y de hacer demostraciones a todo aquel de vosotros con quien tope con mi modo de hablar acostumbrado, y así, seguiré diciendo: “Hombre de Atenas, la ciudad de más importancia y renombre en lo que atañe a sabiduría y poder, ¿no te avergüenzas de afanarte por aumentar tus riquezas todo lo posible, así como tu fama y honores, y, en cambio, no cuidarte ni inquietarte por la sabiduría y la verdad, y porque tu alma sea lo mejor posible?»[14]. Y remata: «Efectivamente, yendo de acá para allá, no hago otra cosa que tratar de convenceros, tanto a jóvenes como a viejos, de que no debéis cuidaros de vuestros cuerpos ni de la fortuna antes ni con tanta intensidad como de procurar que vuestra alma sea lo mejor posible: para ello os decía que no hace la virtud de la fortuna y, en cambio, la fortuna y todo lo demás, tanto en el orden privado como en el público, llegan a ser bienes para los hombres por la virtud»[15].

 

 


 

[1] Cf. Jacques Maritain, Humanismo integral. Problemas temporales y espirituales de una nueva cristiandad, Bs. As., Ediciones Carlos Lohlé, 1966, pp. 125–129.

[2] Maria Adelaide Raschini, Concretezza e astrazione, Venezia, Marsilio, 2000, seconda edizione, p. 27.

[3] Juan Pablo II, Centesimus annus, Nº 46.

[4] Michele Federico Sciacca, Filosofia e antifilosofia, Milano, Marzorati, 1968, pp. 30–31.

[5] Ibidem, p. 70.

[6] Ibidem, p. 71.

[7] Jacques Maritain, Distinguir para unir o los grados del saber, Bs. As., Club de Lectores, s/f, p. 24.

[8] Jacques Maritain, On the Use of Philosophy, Princeton (New Jersey), Princeton University Press, 1961, p. 18.

[9] Jacques Maritain, Acción Católica y Acción Política, Bs. As., Editorial Losada, 1939, p. 89.

[10] Ibidem, p. 78.

[11] Cf. Ibidem, p. 90.

[12] Ibidem, p. 90.

[13] Jacques Maritain, La educación en este momento crucial, Bs. As., Club de Lectores, 1977, pp. 137 y 138.

[14] Apología de Sócrates29e.

[15] Ibidem30a.

 

* Del libro Pluralismo y Derechos humanos, de Gonzalo F. Fernández y Jorge H. Gentile (compiladores), Alveroni Ediciones, Córdoba, 2007.

** Universidad Nacional de Villa María – CONICET


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