Jacques Maritain

Jacques Maritain fue uno de los más grandes pensadores del siglo XX. Fue un hombre de profunda pasión religiosa, filosófica y cívica, así como un testigo activo y participante en los acontecimientos de su tiempo.

ACTUALIDAD DEL PENSAMIENTO DE MARITAIN

Julio Plaza

(Intervención del Dr. Julio Plaza, Presidente del Instituto Maritain de Argentina en el Coloquio Maritaniano organizado en la Universidad Católica de Salta por la filial del Instituto Maritain de esa provincia el 2 de junio de 2006).

Sr. Rector, Sres. Decanos, autoridades y docentes de la Universidad, estudiantes, amigos todos –en el sentido maritainiano- en la preocupación personalista.

Es un honor que agradezco en nombre del Instituto Internacional Jacques Maritain, y de su Sección Argentina, ocupar esta distinguida tribuna, en esta casa pionera del pensamiento científico, filosófico y religioso en el noroeste argentino. Les transmito también el saludo, enviado desde Roma, y la gratitud del Secretario General Prof. Roberto Papini.

Permítanme iniciar esta humilde reflexión sobre la actualidad del pensamiento de Maritain, con dos observaciones previas. La primera, que en el Instituto Maritain no creemos que el pensamiento de nuestro maestro sea una panacea definitiva, ni hacemos de su lectura una escolástica atada a textos inconmovibles. Todo al contrario, queremos servir a la sociedad desde y con Maritain, hacia más allá de Maritain, examinando atentamente las realidades contemporáneas a la luz de sus reflexiones y de las formuladas por los pensadores que continuaron su obra, y aún de los que confrontaron con él, con la propósito de encontrar convergencias prácticas para la construcción de una sociedad más humana. La segunda: que este pensador –por su obra y por su compromiso de los mayores del Siglo XX, precursor e inspirador del Concilio Vaticano II- que mereció de Pablo VI, al entregarle el Mensaje a los Hombres del Pensamiento y de la Ciencia, el día de la clausura del Concilio, la expresión: “…la Iglesia os está agradecida por el trabajo de toda vuestra vida…”, es quien había escuchado en la última sesión al Papa saludar el advenimiento del “nuevo humanismo”, el del “hombre verdadero”, del “ hombre íntegro”, integral, por oposición al humanismo laico y profano cerrado a la trascendencia de las cosas supremas; “la religión del Dios que se ha hecho hombre, que se reencuentra (pues no son sino una sola) con la religión del hombre que se había hecho Dios”, reconociendo el eco de sus ideas de “Humanismo Integral”, lo cual marcaba la consagración por el magisterio de algunas de sus ideas e intuiciones mayores, por cuyo reconocimiento se había batido durante toda su vida (Carnet de Notas 8 y 10-12-65). Este pensador, digo, a treinta y tres años de su muerte –en 1973- y en el inicio del tercer milenio, es más actual que nunca, un resplandor orientador en el siglo dificilísimo que se inicia. Y son variados los temas propiamente maritainianos –porqué no conciliares? que podemos traer hoy, por cierto muy brevemente-  a la consideración de este coloquio: el centro, siempre, es la idea de persona humana y su  libertad; otros: la libertad religiosa, el apostolado de los laicos, las relaciones con las otras religiones, la sociedad política y la democracia, el trabajo, el pluralismo, la educación, nombremos solo como ejemplos, para mostrar como Maritain nos interpela, y ciertamente no desde el pasado, sino desde un futuro a realizar, como un exigente desafío, que no es otro que el respeto a la verdad y a la naturaleza de las cosas. No tendré la soberbia de intentar abordarlos todos, solo intentaré esbozar algunas ideas.

l. LA PERSONA

 

Es una paradoja, creo que necesaria, continuar con una cita que no pertenece a Maritain, sino a quien con frecuencia discutiera ardientemente sus pareceres: “Una persona es un ser espiritual constituido como tal por una manera de subsistencia y de independencia en su ser; ella mantiene su subsistencia por la adhesión a una jerarquía de valores libremente adoptados, asimilados y vividos por un compromiso responsable y una constante conversión; ella unifica así toda su actividad en la libertad y desarrolla por añadidura, a golpes de actos creadores, la singularidad de su vocación” (Mounier, E.”Manifiesto al servicio del Personalismo” p.63). Ontología de subsistencia, referencia a una jerarquía de valores, singularidad y creatividad coexisten en la persona, y por ello Maritain nos interpela desde una noción de la sociedad humana, cuyo fin es integrar a los individuos, pero que encuentra su última razón de ser en el desarrollo de las personas. Esta definición personalista de la sociedad conlleva determinadas exigencias en cuanto a sus estructuras y funciones que se resumen en cinco grandes propuestas: libertad, igualdad, amistad, verdad y justicia (1).

   Como nos decía Vittorio Posenti, la exigencia de la libertad es absolutamente central en el pensamiento de Maritain, ya que en ella se incluyen no solo la libertad política del ciudadano, sino también la radical libertad del hombre frente a sí mismo, a su propio destino, y a Dios; de cumplirse según su propia línea ontológica o de negarse, de crecer en la verdad y el bien, u obrar el mal. La raíz de la libertad personal se asienta sobre el carácter racional de la persona y es la capacidad de escoger libre y voluntariamente, pero ella es solo una condición, y no el fin, ni el contenido último de la verdadera libertad. Si la libertad se limita al libre albedrío, la sociedad política se reduce a una asociación o liga para la defensa del derecho de cada socio a escoger sus conveniencias. El libre albedrío, es para los hombres el medio de adquirir la libertad de elevarse a los valores superiores de la existencia, que son el objetivo de la libertad autentica. Pero, con ser solo un medio, el libre albedrío es indispensable, para que el hombre pueda vencer las servidumbres que lo constriñen.  Es un elemental e inicial dato de la naturaleza del hombre. (2)

Pero, Maritain nos interpela aún a la conquista de la libertad mayor, liberándonos de  los condicio-namientos biológicos y sociales. Somos personas por naturaleza pero debemos convertirnos, por nuestro propio esfuerzo, en dueños de nosotros mismos,  ser nosotros mismos un todo en la existencia y en la acción. (3) Para esa persona debiera estar construida la sociedad.

2. SOCIEDAD POLÍTICA Y DEMOCRACIA

 

Esta interpelación se confronta, en nuestras sociedades, con dificultades que traban desde lo más básico la posibilidad de desarrollo de la libertad. Solo como un ejemplo, Maritain señalaba hace ya 55 años, que en cuanto al funcionamiento de la representación política y al medio esencial y básico de ejercicio de la libertad que es el sufragio universal, la participación activa y real del pueblo en la vida política era insuficiente, y podemos asegurar que lo es aún más hoy. Mas aún, acudía al viejo –pero siempre certero- Tocqueville para prevenir que, esclavizar al hombre en las cosas cotidianas, es especialmente peligroso, porque en ellas la libertad es mas necesaria que en las grandes. Hoy, las cosas cotidianas, son la empresa, el sindicato, la obra social, la organización alimentaria y previsional, la salud familiar, la escuela y la televisión.  La falta de participación real  en estas cuestiones, implica una sujeción que va vejando a los hombres a cada instante, sutilmente, sin provocarlos a resistir; incluso con falsas satisfacciones distribucionistas, y limando su resistencia mediante el despotismo administrativo,  la dádiva, la corrupción, o la limosna. Y, sostenía Tocqueville que, al cabo de poco tiempo, concluirían por ser incapaces de ejercer el privilegio grande y único de autogobernarse, que es su derecho natural como sociedad. Es difícil concebir, decía, que hombres que han hecho abandono de la costumbre de gobernarse a sí mismos, puedan conseguir elegir adecuadamente..., que de un pueblo subordinado (o corrompido por “generosidades oficiales u oficiosas”, la anotación es mía), surja un gobierno liberal, donde liberal no significa individualista sino libre de presiones y ambiciones desmesuradas, inteligente y enérgico....Y, según el principio pluralista, volveremos sobre esto, concluía Maritain en “El hombre y el Estado”, que todo lo que pudiera lograrse en el cuerpo político, merced a los órganos particulares y sociedades de grado inferior al Estado, es decir de la libre iniciativa del pueblo, debiera ser librado a esa inagotable energía; y que –así- desde el fondo –a un nivel mucho más profundo que el de los partidos políticos- naciera el programa de conductas para gobernantes y gobernados, los intereses y libres iniciativas grupales, desde  la conciencia común de los grupos (locales, laborales, escolares, solidarios, etc.etc.), empezando por los más pequeños hacia los más grandes, y manteniéndose en constante renovación. Estas formas de lucha por la libertad, las llama Maritain “edificación orgánica”, de crecimiento espontáneo,  que no tienen porque ser desordenadas, ni anárquicas; si las fomentáramos, tendrían una intensa repercusión sobre los partidos políticos y fiscalizarían indirecta, pero muy eficazmente, a los organismos públicos, pues instalaran potentes corrientes de opinión,  y recias tendencias de cambio que el gobierno no podría ignorar. (4)

Como vemos, este es un aspecto en que el pensamiento de Maritain a mantenido su actualidad y su condición de programa de futuro. El fue el único- quizás con Sturzo- intelectual católico que pensó a la democracia del siglo XX en relación con el cristianis-mo. En Cristianismo y Democracia –nótese el título- se afirma una relación diríamos “natural”, entre ambos: “El ímpetu democrático ha surgido en la historia humana como una manifestación temporal de la esperanza evangélica.” En nuestra hora, en que la democracia parece imponerse en todas partes, pero se revela al mismo tiempo inquietantemente frágil e incierta en sus fundamentos, debemos volver a las fuentes del filósofo que se dijo tomista y no “neo-tomista”. ¿Cómo repensar los  lazos entre cristianismo y democracia, es más, entre religión y sociedad civil, en la hora de la mundialización? ¿Cómo conjurar el peligro de una democracia relativista a la deriva? ¿Cómo conciliar el servicio a la libertad y a los valores morales de ella derivados, con el respeto a la libertad de elección democrática? Estos desafíos se asemejan a los que Maritain asumió al intentar iluminar la realidad de un tiempo enteramente nuevo, infestado de totalitarismos y guerras- con los grandes principios de la tradición tomista, y generar la utopía de la “nueva cristiandad” que marcó profundamente a más de una generación de católicos. Hoy también “debemos conjugar –sin sacrificar ninguno- el movimiento vertical hacia la vida eterna (que ha comenzado aquí abajo) con el movimiento horizontal mediante el cual se revelan progresivamente la sustancia y las fuerzas creadoras del hombre en la historia…(Obras Completas, XVI, p.110). Recuperar las raíces cristianas de la democracia, reapropiarse para los cristianos del ideal democrático, recordar el grito bergsoniano:”la democracia es de esencia evangélica,” dicho en claro, el cristianismo es necesario a la democracia ¿Acaso el hombre  del tercer milenio ha ya agotado la reflexión sobre los fundamentos cristianos de la democracia y sobre la contribución necesaria que los cristianos deben aportarle? ¿Cual es el compromiso democrático del cristiano del tercer milenio?

3. PERSONA, SOCIEDAD Y PLURALIDAD

 

Para aceptar estas reflexiones, hay que asumir una nueva interpelación de Maritain, aparente paradoja y también hoy vigente; que el hombre solo puede triunfar sobre las leyes de hierro de la naturaleza inerte y de la biología, del inconsciente, de las tendencias aparentemente deterministas de la vida social, sometiéndose a otra ley, que tampoco escribió él, pero que lo convoca a identificarse –dejándose divinizar- con el amor que lo convoca desde detrás de sí mismo, desde más profundo que su propio Yo, para liberarlo de las leyes de la necesidad (del hambre, la enfermedad innecesaria, la injusticia, la exclusión, la desocupación, la limosna) y de la historia (fatalismos de toda clase), pero al precio –eso sí- de respetar y amar también él al mundo que le ha sido dado, y a los demás hombres, que ya no son más entonces sus socios contractuales ni sus enemigos, sino sus hermanos iguales en dignidad y derechos. Este triunfo, es una libertad de conquista, cuyo dinamismo debe atravesar de lado a lado y de arriba abajo la sociedad política, para que su organización y su funcionamiento no obstaculicen la personalización del hombre, sino que promuevan su encuentro con  todos sus conciudadanos en la amistad constructiva de la ciudad y articulen las jerarquías legitimas, pero limitadas, necesarias para la ordenación y coordinación del conjunto, cuyo fin es la libertad final del hombre, en la medida posible en este mundo.(5) Una sociedad de hombre libres exige la adhesión a algunos dogmas básicos, que constituyen la medula de su existencia, y debe ser consciente de sí y de esos principios, un credo humano y de libertad, que son la vía y los medios para que cada hombre pueda luchar por su libertad final: la carta democrática, dice Maritain. (6) Este es el fundamento del pluralismo, y su programa para este milenio.

Porque el pluralismo es un constitutivo esencial del espíritu y de la sociedad democrática. En el orden temporal, en el plano de lo político y de la sociedad civil, es posible y necesaria la colaboración directa, la amistad cívica que conduce a tener objetivos comunes de pensamiento práctico sin que sea necesaria una identidad doctrinal. “Basta que en los principios y en las doctrinas tengamos entre nosotros una comunidad de similitudes y proporciones (para Maritain: analo-gías) respecto a un fin práctico determinado, el cual –de por si- por referirse al bien común, es un un fin superior de orden natural.”…Cuando los que pertenecen a familias religiosas o filosóficas diferentes, permiten entrar en sí el espíritu del amor, las implicaciones del amor fraterno crean en los principios de la razón práctica y en las acciones de confrontación dentro de la ciudad temporal, una comunidad de similitud y analogía que se corresponde –por una parte- a la unidad fundamental de nuestra naturaleza –y por la otra- no tanto a puntos mínimos de doctrina compartidos, cuanto a una serie de nociones prácticas y de principios de acción de cada uno…..Y sigue el programa para el tercer milenio: “hay que evitar dos errores opuestos, ambos fatales: el dogmatismo y el escepticismo…la democracia no puede fundarse en el relativismo ni en la negación de la verdad, sino solamente en la comprensión recíproca, en una convicción práctica común reconocida como verdadera….los autoritarios y totalitarios quieren imponer la verdad como obligatoria; y los relativistas son teóricos que hacen de la ignorancia y la duda la condición necesaria para la recíproca tolerancia entre los sujetos y así, privan al hombre y al intelecto huma-no de aquel acto en el cual consiste precisamente –y a un tiempo- la dignidad del hombre y su razón de vivir….No debemos confundir el plano de los sujetos humanos -que deben ser respetados también cuando están en el error, porque tienen derecho a la libertad, con el plano del objeto de la verdad, que tiene derecho a ser reconocida, desde que ha sido conocida por los hombres. No es la duda, sino la verdad, la que nos vuelve humildes y respetuosos de los otros hombres, reconociendo juntos la validez y también las limitaciones de nuestro conocimiento. Y como serán las instituciones (partidos políticos, parlamentos, medios de comunicación social,  sindicatos, empresas escuelas, universidades) y los hábitos sociales en que ese pluralismo tenga lugar? Y como extenderemos el pluralismo a lo económico social en el tercer milenio, en procura de un gran esfuerzo de inclusión social aún pendiente?

4. TRABAJO Y PROPIEDAD

 

He aquí otro tema en el cual las propuestas de Maritain conservan plena vigencia. Comenzando con su severa crítica que advertía, el impacto del industrialismo –hoy informatización, tecnocratismo y mundialización de la economía- sobre las unidades económicas organizadas en sistemas integrados, hoy a escala planetaria, de modo que la propiedad privada llegó a transformarse en un medio de dominación no solo económica sino también política; esto es: la integración y expansión de los medios de producción dio origen a concentraciones de poder cuya índole política no puede ser negada, porque son focos desde los cuales se asignan autoritariamente valores a las sociedades (como dicen los politólogos positivistas), usando muchas veces a los estados como meras herramientas de las empresas y/o de otros estados más poderosos; dominación tan autocrática y desaprensiva como si se tratara del dominio de simples cosas y no del destino de hombres y pueblos a los que asiste el derecho a un gobierno participativo y responsable, reconocido por la conciencia social civilizada fruto del fermento en la historia de las creencias y valores aportados por el cristianismo. Para colmo, a la dirección de esos gigantes la ejercen entidades impersonales, anónimas y mutantes, y a los vastos contingentes de trabajadores se les niega toda participación en la vida de las empresas. El instrumento de trabajo o tiene relación con quien que lo utiliza; todo tal cual al mundo concentracionario de los totalitarismos. Maritain quería –quiere- conceder a cada uno, de un modo adaptado a cada actividad, las ventajas y garantías que la propiedad privada aporta al ejercicio de la personalidad; que en las grandes empresas también el régimen de propiedad sustituya todo lo posible al del asalariado y que, la servidumbre de las máquinas –reales y virtuales- sea compensada en la persona humana por la participación de la inteligencia laboral en la administración y dirección –economía comunitaria: participación y responsabilidad, análogamente a la vida política- para transformar desde adentro el puro interés privado en comunión y amistad fraterna, la sociedad de capitales en sociedad de personas; copropiedad de algunos bienes (medios de producción), garantizaria lo humanamente importante, el “titulo” del trabajo y en el futuro un patrimonio común. Allí se reúnen  la persona del trabajador y el instrumento de trabajo, y el primero  trabaja con seguridad y libertad, por motivación económica e incentivo moral, con participación y autoridad.

Esta propuesta de Maritain, una forma comunitaria de propiedad, que esté efectivamente al servicio de hombre y no caiga en el vicio común a la  propiedad de capitalistas y comunistas, ser un modo despersonalizado, deshumanizado de poseer, no es solo actual, sino revolucionaria: esta copropiedad de los medios de producción debería servir de base material a una posesión ejercida como personas, so sobre cosas en el espacio, sino sobre funciones y formas de actividad en el tiempo, a la posesión de un cargo o título de trabajo que asegure al hombre un empleo propiamente suyo, ligado a su persona por un vínculo jurídico, título y garantía social de la valorización de lo que fundamental e inalienablemente es propiedad del trabajador, sus fuerzas personales,  su inteligencia, sus brazos.

5. NI PESIMISMO NI OPTIMISMO; REALISMO Y EDUCACION

 

    Pero, Maritain nos formula otra interpelación, aun más exigente. La persona que libra esta lucha por su libertad, esta atravesada por una dignidad superlativa y, por su facultad de conocer y amar, puede ser concebida como un universo en sí mismo,  que puede contener en si al universo todo, y también hacerse don de vida a sus semejantes. Por su naturaleza se  trasciende a sí misma, y por mucho que depende de los más mínimos accidentes de la materia, que su salud es frágil y su inteligencia turbia, desde la existencia de su alma domina el tiempo y la muerte, pues la raíz de la personalidad es el espíritu. Y, esta interpelación no es una concesión a ningún optimismo ingenuo sobre la naturaleza del hombre. Maritain es pesimista: sabe que los hombres salimos de la nada y tendemos a ella, pero no es inmovilista, conservador, ni reaccionario. La personalidad es una totalidad independiente, por indigente y atropellada, por humillada por estructuras injustas e ineficaces que pueda estar, es un todo y subsistirá siempre de manera independiente, no como siervo. Un minúsculo fragmento de materia y, al mismo tiempo, un universo en comunicación con lo absoluto, una carne mortal cuyo valor es eterno. Ese es el hombre que exige una sociedad en la que pueda vivir dentro de la ley. (7)

La función de la ley es fundamental para la conservación, el acrecentamiento y el ejercicio  diario de la libertad. La libertad irrestricta y neutral frente a la verdad, la  del liberalismo, se autodestruye por incapacidad de incardinarse a los valores del bien común y resta solo como coartada para la persecución de cualquier interés individual o de grupo. Al  contrario, la ley debería interpelarnos desde los valores básicos imprescindibles para el bien común, que cobrarían en ella forma prescriptiva –programa que nos convoca desde el modelo de futuro- y le devolverían su oficio de pedagoga de la libertad, en el sentido de que esos valores son sagrados para el cuerpo político –porque queremos realizarlos para vivir mejor- y ante ellos deben ceder nuestros egoísmos y corruptelas, sin excepciones, porque ellos resguardan la vocación de la persona por su realización espiritual y el logro de la autentica libertad. Esta ley humana, ordenada al bien  común temporal, tiene que regular y medir, prohibir y sancionar, eficazmente, los modos de realizar ese bien en la ciudad y en la civilización, constituyéndose como el marco social –vital, no solo formal- de referencia ético-valorativa para el ejercicio de la libertad personal. En ella y por ella, se conjugan la tensión entre las exigencias del bien común y los requerimientos de nuestra libertad. (8) Porque en el programa de Maritain, la búsqueda del bien común, es oficio de todos en la sociedad (teólogos y bolsoneros, poetas y usureros). Esa noción de ley es nueva, distinta de la ley contractual de los liberales y de la ley opresiva de los autoritarios, es una ley viva y palpitante, que convida a participar,  que nos interpela, decía desde el pensamiento de Maritain, y cobra aquel sentido ético-valorativo no de la voluntad irrestricta del gobierno, ni de la sociedad política autoproclamados soberanos sin serlo, sino de la ley natural. Y es a partir de la ley natural que resulta posible una fundamentación adecuada de los derechos de las personas, máxime cuando el todavía precario desarrollo  de la conciencia moral de la humanidad solo nos permite encontrar algunas coincidencias prácticas entre las plurales ideas de los hombres; todo al contrario de lo esperado por los creyentes en la perfección de la naturaleza y en la infalibilidad de la razón, porque el endiosamiento del sujeto y la ilusoria absolutización de sus derechos son los  responsables de la desilusión ante lo imposible, y del escepticismo ante lo posible –pero difícil, y muy difícil- que es la tentación más crítica de nuestra civilización, expresada hoy en un relativismo sin fronteras. Para, Maritain, la idea autentica del derecho natural es una herencia del pensamiento griego y cristiano, y su axioma básico la existencia de una naturaleza humana racional y libre; el hombre esta dotado de una estructura ontológica  que constituye un centro de necesidades inteligibles y fines que se les corresponden y se expresan en un orden que la razón es capaz de descubrir para iluminar los fines y enderezar hacia ellos la voluntad. Es una ley moral, que puede ser seguida o rechazada libremente por el hombre; un orden ideal regulativo de las acciones humanas que depende de la esencia humana y de sus necesidades inmutables, pero que  no predetermina su existencia. El conocimiento de este derecho se abre ante los hombres como parte de la aventura de lucha por su libertad: el bien debe ser buscado y el mal evitado, pero ¿qué cosas se deben o no hacer de manera necesaria? La posibilidad de que se registren toda clase de errores y desviaciones en la determinación de tales deberes muestra que nuestra percepción es débil, que es tosco nuestro entendimiento y que nos corrompen fácilmente los accidentes, los mentirosos y los malintencionados....el conocimiento del derecho natural ha sido gradual, desparejo, con retrocesos y nunca –a mi parecer- será del todo develado en este mundo. Santo Tomás dice que la razón humana descubre las normas del derecho natural, guiándose por las inclinaciones de la propia naturaleza del hombre. De modo oscuro, asistemático y vital, obtenido de modo connatural o congénito, y en la vida concreta de las sociedades humanas, y debe ser pensado más que como algo dado, estructurado y establecido originalmente en la conciencia moral de la humanidad, como esquemas o propuestas variables, crecientes, históricas y existenciales. (9) Pero esta doctrina –con resultar fresca y pujante hoy mismo- no es la más actual propuesta de nuestro pensador sobre el derecho natural.

Los derechos humanos –nos propone- solo pueden fundarse vinculándolos a un orden moralmente inviolable y requerido inevitablemente desde la esencia de las cosas, -no son un simple arreglo entre partes- porque la naturaleza humana es un orden por el cual determinadas cosas (la vida, el trabajo, la alimentación, la educación, la participación en el gobierno de su sociedad, en su sindicato o partido, la información, etc.) se le deben a la persona por su carácter espiritual, libertad y dignidad. Este orden no está consumado y adquirido; es un proyecto que se  impone a nuestras mentes y conciencias, que nos  requiere su  cumplimiento desde la esencia de las cosas, porque ellas participan en un orden ideal que trasciende a su existencia y se inscribe en un orden absoluto y eterno.  Tal el fundamento ultimo de los derechos humanos: se inscriben en el nivel axiológico de la ley natural y no pueden sostenerse en sistemas de pensamiento que no acepten  valores objetivamente ciertos; pues, si no se pueden afirmar valores intrínsecos y si la dignidad humana carece de sentido, tampoco lo tienen los derechos del hombre.(10) Y es porque olvidamos esto que los derechos humanos siguen incumplidos, provisorios, sobre todo en lo escondido: en el hambre y la enfermedad secretas, en las desigualdades justificadas por las mismas leyes, en la prostitución aceptada y encubierta cuando es bien retribuída, en la “tinelización” y “susanización” de nuestros jóvenes, en la educación despersonalizada y laicista (como si ser laicista fuera ser imparcial), en la tolerancia oficial explícita al delito de los supuestos “reclamantes justos”. ¿Acaso no es actual este reclamo por el derecho humano a no ser engañado, ni tomado por tonto? Pero no es todo.

Resta aún, por último, en el marco de la existencia social concreta, la interpelación de Maritain sobre el derecho positivo: el cuerpo de normas jurídicas vigentes en una determinada sociedad. A este derecho, lo tratamos con frecuencia con una desaprensión escandalosa, dispuestos a crearlo, reformarlo, olvidarlo, suspenderlo, reinstalarlo, manosearlo, hasta convertirlo en un formalismo en el que nadie cree; hemos perdido en algún recodo de nuestras readecuaciones políticas, jurídicas y hasta metafísicas, la significación de las expresiones “no hay derecho a…”, “tenemos o no, derecho a…”  El programa de Maritain es que éste derecho solo puede recoger su animación del derecho natural, a través del derecho de gentes, pero de una manera contingente, existencializada, histórica, paulatina, respetuosa de cada cultura y pueblo. Sin esta inspiración carece de fuerza moral, es pura fuerza, o es apariencia o peor, cinismo, porque hay un dinamismo que impulsa a las leyes naturales -no escritas- a convertirse en leyes humanas, haciéndolas más perfectas y justas en el tiempo, en el propio campo de sus determinaciones contingentes. Así es como los derechos de la persona adquieren encarnadura en la sociedad política, constituyéndose en el esqueleto del proyecto de orden, de la escala de valores y del conjunto estructurado de criterios que deben marcar los límites y los modos en que los derechos humanos se implicarán en la totalidad social. (11) Un programa, vemos, para restituir al derecho su carácter de valor eminente, supremo, para obligarnos a “hincarnos” ante él.

Pero la verdadera propuesta revolucionaria de Maritain, es que la sociedad tiene el deber de enseñar, proponer, persuadir, convencer,  a todos los hombres de este programa. Por eso nos asegura que si la humanidad llegara a sobreponerse de estas amenazas deshumanizantes –no son distintas hoy de las que él combatió- y de las esclavitudes materiales, mediáticas, políticas, que venimos de señalar- sentirá una sed urgente de un nuevo humanismo y grandes ansias de redescubrir la integridad del hombre, al hombre integral y al hombre integrado con sus semejantes, con la naturaleza y con Dios, y ello deberá promoverse una educación integral, que conecte vitalmente al hombre con el medio social, el trabajo común y el bien común, en lo que fracasaron los individualismos y los totalitarismos. Educación para una civilización personalista y comunitaria fundada sobre los derechos humanos y que dé satisfacción a las necesidades sociales del hombre, sin discordias con sus exigencias individuales; desarrollando a la vez el sentido de la libertad y el de la responsabilidad, de los derechos y obligaciones humanas, del valor de que se ha de revestir ante el peligro y en el ejercicio de la libertad en aras del bien general, y al mismo tiempo el respeto de la humanidad de cada persona individual. La educación de mañana debe terminar con la separación entre la inspiración religiosa y las actividades seculares en el hombre, ya que el humanismo integral debe incluir entre sus principales rasgos un impulso de santificación del ser profano y temporal. Y deberá acabar también con el divorcio entre el trabajo o actividad útil y la floración de vida espiritual y gozo desinteresado que proceden del conocimiento y de la belleza. Y este es el programa: una educación auténticamente democrática. Todos debemos trabajar y aceptar nuestra parte de la carga de la comunidad humana, según la capacidad de cada cual. Pero el trabajo no es un fin en si mismo, debe procurar espacio y tiempo para la alegría, la expansión y la delectación del espíritu. El programa de Maritain para el tercer milenio propone una educación inspirada por una filosofía de los valores auténticamente cristiana, pluralista, pero no falsamente  imparcial, como los laicistas, que no haga de la duda un paradigma del alma. Porque la duda –que es una actitud altamente civilizada en lo que concierne a las infinitas posibilidades y a las futuras conquistas de la ciencia al descifrar los fenómenos. Pero vivir en un estado de duda en lo que concierne, no a los fenómenos, sino a las últimas realidades cuyo conocimiento es una posibilidad natural, un privilegio y un deber para la humana inteligencia, es vivir más miserablemente que los animales que tienden al menos con seguridad instintiva, sólida y confiada, hacia los objetivo de su efímera vida (cfr. Jacques Maritain -”La educación en este momento crucial” Edic.Desclée de Brouwer-Bs.As.-1965 ps.109 y 139).

 

Julio Plaza

PRESIDENTE DEL INSTITUTO MARITAIN de la

REPUBLICA ARGENTINA

 

NOTAS:

 LA INSPIRACION GENERAL DE ESTA INTERVENCION, Y  MUCHOS DE SUS PARRAFOS PROVIENE DE LA INFINIDAD DE TEXTOS ESCRITOS POR NUESTRO INSPIRADOR, ARTURO PONSATI. 

1.      G.PECES-BARBA: “Persona, sociedad y estado”, Madrid 1972 p.149.

2.      POSENTI, V.: “Persona, progetto de liberazione e filosofía in Maritain en in Marx”, en A.A.V.V.: Maritain y Marx, Milano 1978, ps.56 y sgtes.

3.      MARITAIN, J.: “Du regime temporal et de la liberte”- París, 1933 p.35 y sgtes.

4.      MARITAIN, J.: “El hombre y el estado”BsAs 1984 ps.82 y sgtes.

5.      PECES BARBA, op.cit.p.152.

6.      MARITAIN J.: “El hombre y el estado” ed.cit. p.129 y sgtes.

7.      MARITAI.J.: “Humanismo integral”Bs.As.1966 p. 51 y sgtes.

8.      Idem, ps.139 y sgtes.

9.      10 y 11: MARITAIN, J: “El hombre y el estado” ed.cit. ps.93 y sgtes.

 


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